Cenando con Maracho en Rodney


Anoche me junté con mi amigo Maracho Silver Hyde en El bar de la calle Rodney, frente al paredón del cementerio de la Chacarita.

Hacía 14 años que no nos sentábamos en una mesa de este café y elegimos la misma que nos encontró tomando una cerveza helada una tarde de verano (¿era verano?) de 1995.

Hablamos de música, mujeres y cine, de nuestro pasado y nuestro presente, de la gente que despreciamos y de los pocos personajes que admiramos, y sólo por su obra, porque cuando abren la boca...

Es un gran tipo este Maracho. Me desperté el lunes con ganas de verlo y bastó un llamado para coordinar todo. Para las 9:30 de la noche ya estábamos cenando. En realidad, yo cenaba un peceto con papas y él picaba de mi plato con mi total autorización (a nadie le permito eso, sólo a Maracho).

También me trajo un encargo que le solicité días antes: las películas Viaje al séptimo planeta, THX 1138, Solaris, 2000 maníacos y Robinson Crusoe en Marte. Faltaron Robot Monster, The Texas Chainsaw Massacre y Destination Moon, que serán una excelente excusa para un futuro (cercano) encuentro.

Cruzarme con Maracho me cambió la semana…

¿A vos qué o quién te cambió la semana?

Galería nocturna

Usted duerme plácidamente. Está soñando con algo relacionado con manejar un auto a gran velocidad y las suaves piernas de una mujer.

De pronto, una serie de golpes monocordes interrumpen su merecido descanso. Son las 7:00am, un territorio inexplorado para El inconsistente.

Se levanta a los tumbos con la ciega misión de detectar el origen de este importuno. Como murciélago en su cueva llega con convicción hasta la ventana de sus aposentos.

“Ahí está, viene de afuera”, exclama triunfante.

Se asoma por la ventana. El viento del frío retazo austral golpea su cara, su cuerpo aún tibio, pero usted necesita saber, exige certezas.

Y ahí lo ve, a pocos metros. Horrorosa imagen que perturbará las sombras para el resto de su existencia…


Sé que Edgar Allan Poe seguro habrá escrito El tonel de amontillado basándose en algún episodio cotidiano de este calibre.

Yo sólo pude escribir esto.

Ahora quiero ser tu perro

Iggy Pop… uno de los pocos músicos que todavía logran impactarme. ¿Mi solista preferido? Sí claro, por lejos. Salvando las distancias, también amo a Tom Waits y Leonard Cohen, lo que no me sorprende porque el último disco de la Iguana (Préliminaires) tiene mucho que tributarle a estos grandes. Así que el círculo cierra… ¿me entendés? ¿Cuántas veces lo vi en vivo? No puedo precisarlo. Estoy seguro que no fue en su primera visita en agosto de 1988, un show recordado como uno de los mejores que se haya visto por estas latitudes. Sí es indudable que asistí a su recital de 1992 en el estadio Obras. Recuerdo cuánto me sorprendió su performance, su entrega. Hasta recuerdo cómo jugaba con un micrófono que terminó golpeando su boca (¿o era su nariz, o su frente?) y que cantó sangrando hasta el final. Al año siguiente dio un exclusivo recital en el mítico Prix D´ami de la calle Monroe (Monrow, como decía mi ex). También evoco mi mal humor esa noche porque no podía pagar una exorbitante entrada de US$100. En 1996 volvió para la despedida de los Ramones en River. Y claro: estuve ahí. Gran noche, aunque se me vuelve nebulosa por momentos. En fin, tengo mis motivos. Toda esa relación con Argentina, todo ese romance con un público que respondía apasionado a tanta locura, le dejó hasta una novia argenta a la que terminó dedicándole dos temas en su disco Avenue B (Miss Argentina y Nazi Girlfriend). Pasaron los años y, cuando parecía que nunca más lo vería en esta parte del planeta, se bajó hasta el Club Ciudad, el 22 de septiembre del 2006, para ser cabeza de cartel del Pepsi Music, esta vez liderando el renacimiento de los Stooges, y nada menos que frente a 15 mil almas, entre las que se encontraba la mía. ¿Por qué este homenaje a Iggy Pop? Bueno, anoche veía el programa Zane Meets U2 en Vh1, y me sorprendí con las declaraciones de Bono cuando remarcó las virtudes como compositor de Iggy Pop –algo que vengo sosteniendo hace años cuando digo que está subvalorado– llegando a decir que la Iguana era nada menos que “su héroe” (mirá vos, Bono). Desde anoche que no puedo sacarme de la cabeza a Iggy. Tengo ganas de verlo de nuevo. Y más después de ver este video.

Patinando por un pedo



En los años 80 había unas 20 pistas de patinaje sobre hielo en Capital Federal y una quincena en el conurbano bonaerense.

Pero para fines de la década, el negocio llegaba a su término, en parte por los efectos de la hiperinflación y los cortes de luz programados, y también porque simplemente se agotó la moda, tal como ocurrió en su momento con las canchas de paddle, los parripollos y los videoclubes.

Una de las pistas que explotó en los 80s, más concretamente en 1987, fue My Way. Recuerdo haber concurrido a este establecimiento a darme unos porrazos durante ese mismo año. Recuerdo que lucía mi flamante campera de jean Lee con corderito, y mis zapatillas Pony blancas. Tenía 16 años.

Increíblemente este lugar sigue en (decadente) funcionamiento, como detenido en el tiempo, con la misma ambientación de 1987. Esto lo comprobamos asombrados el sábado pasado, durante el cumpleaños 36 ½ de Merengadas (sí, 36 ½, ella es tan cool que festeja cada seis meses).

La amiga decidió pedir unas pizzas en su casa, para luego partir a My Way (Cabildo y Dorrego) para patinar durante la hora más larga de mi vida: aunque me reí muchísimo, tenía tanto miedo de caerme y romperme un hueso que patiné como petrificado. Además, esta actividad cansa y mucho, quedé KO.

Por fortuna, después vino el ansiado premio: torta y champagne en casa de Demóstenes.

Ahora se vienen más aventuras: Paintball, kartings, montañas rusas, paracadismo, bungee jumping y quién sabe qué más…

¿Y vos estás planificando alguna salida “poco convencional”?

Baldosa


Me impresionan mucho estas baldosas que hay en mi barrio, Colegiales. Hacía tiempo que tenía ganas de registrarlas para el blog, así que hoy saqué la cámara y me fui a caminar un rato con la (auto)excusa de comprar comida…

¿Viste alguna en tu barrio?