
La agenda estaba complicada. A la tarde, me esperaba una jornada de trabajo atrasado en casa. Después, fútbol en Belgrano con mis amigos de siempre. Le seguiría el primer tiempo de Argentina – Venezuela en el bar de la cancha, para luego enfilar a las duchas y trazar una ruta veloz hacia Vélez para llegar justo al show de Iron Maiden, en la segunda fecha del Quilmes Rock.
Y que fantástica es la sensación cuando todo te sale redondo, si hasta conseguí rápidamente un bonito lugar para estacionar a tres cuadras del estadio y obtuve mi espacio en la fila de ingreso mediante una maniobra no del todo honorable, pero que me aseguró la ausencia entre las 5 mil almas que seguían fuera del estadio cuando la banda ya había arrancado con Aces High.
¿Y qué pasó con Lauren Harris, Horcas, O' Connor y Sepultura? Bueno, mi excusa perfecta es que no se puede estar en varios lugares al mismo tiempo, pero en realidad mi negativa a ver a los teloneros de Maiden se debe a que más de un recital de heavy metal en una noche ya es demasiado para estos huesos rockeros. Lo viví en el último concierto de Motorhead en el Luna Park y me prometí que no volvería a experimentarlo.
Recuperando el eje de lo que nos reúne en este post, debo decir que, con una audiencia estimada en 42 mil personas, Iron Maiden dio un show al que me atrevería a definir como asombroso y mágico.
De entrada me alegró comprobar que el set list estaba lleno de clásicos de los primeros 80s, cuando Maiden significó mucho para mí. Así se sucedieron una tras otra gemas como Wrathchild, 2 Minutes to Midnight, Children of the Damned, Phantom of the Opera, The Trooper (con Bruce Dickinson vestido como un soldado de la Guerra de Crimea, y agitando una bandera británica), Wasted Years, The Rime of the Ancient Mariner (increíble el clima que lograron con este tema de 14 minutos, incluida la bruma y el crujir de los mástiles del barco), Powerslave, Run to the Hills, Fear of the Dark, Hallowed by the Name, Iron Maiden, The Number of the Beast (imagináte a 42 mil tipos gritando “666, el número de la bestia” con los puños en alto) y Iron Maiden, entre otros que ya me olvidé.
¿Qué más se puede decir sobre esta maquinaria perfecta que ya no se haya dicho y escrito? Sólo puedo expresar sensaciones. En ese plano, me impresionó ver a Steve Harris batiendo sus habituales récords de cantidad de notas por segundo. Este tipo fue uno de los ídolos de mi adolescencia y ahí estaba: aporreando su bajo, con la mirada amenazante y corriendo por el escenario como poseso. Increíble.
¿Y Bruce Dickinson? Cuando gritó por primera vez “Scream for me, Buenos Aires”, cerré los ojos y me encontré en la casa de mis viejos, con mis 15, quizás 16 años, escuchando el disco Live After Death, donde al clamor de “Scream for me, Long Beach”, la audiencia rugía, rendida ante la pericia de este front man de la vieja escuela.
También destaco el trabajo de las guitarras trillizas de Dave Murray, Adrian Smith y Janick Gers. Nunca fui fan de ninguno de los tres, pero qué capo hay que ser para que el sonido de tres violas no se vuelva una bola de ruido en una banda de estas características. Mención aparte para Nicko McBrain, que ya no le pega tan fuerte a los parches, pero que suple la edad con mucho –muchísimo– oficio.
Además, nos dimos el gusto de ver a Edward the Head o simplemente Eddie, la “mascota” de la banda, tanto en su versión momia –casi la misma que aparecía amenazante detrás de Nicko McBrain en las fotos internas de Live After Death– como en el modo futurista al estilo Somewhere In Time.
En definitiva, llegué a Vélez con una actitud muy superada, suponiendo que ya nada me sorprendería, y me encontré con seis tipos orgullosos de su origen, que nos llevaron en un viaje en el tiempo hacia el pasado de la agrupación más representativa del metal británico. ¿Pura nostalgia? Puede ser. Pero para despejar dudas, Dickinson ya avisó que la banda está plenamente activa, y que habrá nuevo disco en el 2010 y otra visita en el 2011.
Volví a mi casa destrozado, pero feliz. Estaba tan encandilado que me perdí en el viaje de vuelta pensando que estaba acortando camino y zafando de la congestión de Juan B Justo.
Aunque la verdad es que no me importó... ¿Viste cuando todo te sale redondo?





