Crónicas de viaje: Tiroleses en Las Vegas


En Las Vegas hay de todo, claro. Incluso un pintoresco restaurante alemán, donde se puede disfrutar de sabrosas comidas (nunca imaginé que unas simples salchichas con puré podrían ser tan exquisitas), beber cerveza artesanal importada de alta graduación alcohólica, y escuchar música directa desde Alemania. Todo en una atmósfera bávara bastante auténtica, aunque reconozco que esto es relativo porque jamás visité Germania y no podría asegurar que tan genuino es todo este circo.

El sitio se llama Hofbräuhaus y parece que es bastante popular por la cantidad de comensales presentes. Como ya dije, la comida parece buena, la cerveza… bueno, es un restaurante alemán, y el público la pasa bien, aunque hay cosas que me resultan incompresibles, como que en el medio del show, la banda de turno se ponga a ejecutar el himno de EE UU y todos los presentes –en su mayoría ebrios– se pongan de pie y lo canten con todo su pecho henchido de orgullo.

Como detalle de color me pareció gracioso como algunas camareras –vestidas con trajes tradicionales, obviamente– pasan por las mesas masculinas (imaginen la escena: gringos, gordos, borrachos y ruidosos) para aplicarles un ruidoso spanking en la cola a cada uno de los integrantes. Parece que les encanta, y las chicas pegan duro con la tablita.

También toca una banda austríaca llamada Trenkwalder, que interpreta canciones tradicionales germanas, aunque con una actitud bastante rockera. Los tipos suenan bien y son divertidos. Además, interactúan mucho con la gente, tocan las canciones que les piden y hacen todo un show con unos cencerros enormes y un alphorn (cuerno alpino).

De pronto, la banda para de tocar y el cantante exclama Zike Zake Zike Zake Hoi Hoi Hoi, mientras que todo el mundo hace fondo blanco de lo que esté tomando (el 99,96% cerveza). Les cuento que al tercer Zike Zake Zike Zake Hoi Hoi Hoi tuve que salir gateando del establecimiento.

Si querés ver este jueguito del Zike Zake, además de visitar YouTube, podés sintonizar The Man Show por el canal FX (creo que todavía lo emiten). En el momento final del programa, todos están con su cerveza en mano (público y conductores) y, a modo de despedida, se entona el cántico de batalla para inmediatamente clavarse la birra hasta el fondo. Hermoso.

Viva Las Vegas (el regreso)


Se preguntarán por qué hace rato que no escribo. Bueno, tengo una excusa perfecta y no es verso: Estoy trabajando de nuevo en la ciudad de Las Vegas, Nevada. Sí, eso es en EE UU.

Tengo muchísimo trabajo, ayer me pasé horas en la sala de prensa del centro de convenciones, pero de vez en cuando puedo concurrir a algún evento e incluso escribir algunas líneas para mi bitácora.

Por ejemplo, anoche estuve en una fiesta en el Hard Rock Hotel donde tocó A. R. Rahman, músico que ganó el Oscar por la banda de sonido de Slumdog Millionaire. Su música me aburrió en vivo, pero el evento fue cool, muy primer mundo.

Hace unos días fui a un outlet donde conseguí jeans por US$12 y un buzo de Vans alucinante por sólo US$15. Hay rebajas por todos lados, la crisis pegó fuerte y los yanquis no entienden nada de lo que está pasando. Puro pánico.

Está de moda que las minas anden en tanga y tacos por los hoteles, los casinos y la calle. Es una locura visual. Mucha silicona, mucha rubia borracha, pero la vista es agradable.

Como siempre, el porcentaje de obesos es altísimo y hay poca oferta de comidas sanas y low fat.

Ayer llevamos en el auto a un australiano que se tiró por lo menos dos pedos grossos, de esos que no emiten sonido, pero te derriten las fosas nasales. No lo podía creer, un verdadero asco. Y ese acento… por ejemplo, en vez de pronunciar "greit" (great) dicen "grait"… no se les entiende un carajo.

Desde que llegué me topé con, por lo menos, cuatro operativos policiales, igual que en las películas: Auto detenido-cana se detiene atrás-baja con la mano en el revólver (sin sacarlo)-se acerca a la ventana el conductor, etc. etc. etc.

Todo (TODO) está limpio, prolijo y en orden. La mayoría de los negocios se parecen y es imposible distinguir una farmacia de una tienda de ropa. El tránsito es muy ordenado y aburrido, nadie se adelanta ni se cruza, ni sobrepasa el límite de velocidad aunque esté apuradísimo. Creo que si me dejan al volante hago desastres...

Nunca vi tantos Homeros Simpson y Tommys Lee juntos...

La cerveza es buena, el vino es malo.

Ah, y estoy laburando demasiado. Duermo poco…

Acero inoxidable


Soy de los que se deprimen los domingos. ¿Por qué? No viene al caso, pero la buena noticia es que nunca me quedo en la depresión y trato de buscar actividades para quebrar esa nostalgia rara que me embarga en esos días. Yo les llamo “antidomingos”, aunque no creo que esté inventando la pólvora con el término.

Algo parecido me pasó el viernes santo… ¿y cuál fue el “antiviernes santo” elegido para la ocasión? Ver a Motorhead en el microestadio de Argentinos Juniors. Mejor imposible.

"We are Motorhead, and we play rock and roll". Así arrancó el show del grupo más punk del metal. Porque, que me perdonen los metaleros, pero a pesar de que las raíces de la banda pasan por el rock de los 50 y 60, y el blues, Motorhead tiene un alto componente punk, tanto en la actitud, como en la manera de ejecutar estas influencias.

La clave es la manera en que se aceleran las canciones y la forma de tocar de Lemmy Kilmister, de 64 años. El veterano bajista rasga su bajo Rickenbaker como si fuera una guitarra y lo distorsiona al máximo, dándole a la banda ese sonido tan característico que te permite reconocerla de inmediato en cualquier parte.

Claro que esto es un trío, y un bajo poderoso no alcanza. El otro engranaje fundamental de la banda inglesa es esa pared humana llamada Mikkey Dee que le pega a los parches como ningún terrícola puede hacerlo. Sólo una vez me crucé con un baterista que toque de esta manera… y fue hace dos años, en la anterior visita de Motorhead. Créanme: vi muchas bandas en mi vida, pero animales como este no abundan.

Generando una sensación inversamente proporcional a Mikkey Dee, se encuentra el insoportable Phil Campbell en la guitarra. Perdón, es que no lo tolero: toca demasiado alto y agudo, no me va su estilo y hasta me molesta cómo camina por el escenario rumiando su chicle.

Con respecto al show, me resultó toda una paradoja que hace justo una semana vimos a Kiss y toda su parafernalia en River, y este viernes nos topamos con un evento absolutamente despojado de efectos, rústico en todo sentido. ¿Pero hacía falta algo más que música? La verdad que no y estuvo bien que así sea. Fue puro “palo y a la bolsa”, como dice mi amigo el Heavy, que me acompañó con su hijo Juan en esta ocasión.

Los mejores momentos en mi opinión fueron el arranque con Iron Fist y Stay Clean, luego con Another Perfect Day, también el solo de batería de Mikkey Dee, el set acústico y blusero con Whorehouse Blues, y el final con Ace of Spades y Overkill.

No soy un fan consumado de Motorhead y, de hecho, en varios pasajes del show me pregunté por qué no habré invertido el dinero de la entrada en ver a Radiohead en el Quilmes Rock. Sin embargo, y a pesar de no conocer todos los temas, la pasé bien, incluso con tanto malandra y marginal en los aledaños del recinto.

Luego de tanto heavy metal (o rock como lo llama Lemmy... ¿que hará Oasis entonces?) y con los oídos todavía zumbando, nos dirigimos a Petaca´s para ver como Newell's le empataba a Tigre sobre el final del partido, mientras degustábamos una sabrosa pizza.

Como ven, no nos privamos de nada...

Super reseña: Kiss en Argentina


Tardé mucho en escribir esta reseña. La falta de tiempo es un motivo, pero no el único. También necesitaba madurar algunas ideas en mi cabeza, analizar las opiniones de propios y extraños, y leer lo que escribieron los medios masivos y especializados, y también algunos blogs como el del siempre lúcido Mike de Kissteria. Necesitaba todo eso y, como esta bitácora no está presionada por urgencias periodísticas, pude darme ese lujo.

Los que me conocen saben que Kiss es mi banda preferida. No es la mejor, ni la más cool, ni la más moderna, es simplemente la que me cautivó para siempre siendo muy pequeño. Mucho antes de entender el significado de la palabra “rebeldía”, Kiss fue una tabla salvadora entre tanta música desechable en este país: mientras el mundo se sumergía de lleno en la new wave y el post punk, en Argentina los artistas del momento eran Raffaella Carrá, Richard Clayderman, Village People y los Bee Gees con su Fiebre de sábado por la noche. En este microclima a contramano del mundo, la música y la estética de los cuatro neoyorkinos era mal vista por las figuras de autoridad y considerada un perjuicio para la juventud, condimentos extras que terminaron de capturar a un pequeño y solitario Inconsistente de tan sólo ocho años.

Con este background llegué el sábado a River para presenciar el tan ansiado recital de Kiss en Argentina luego de diez años de ausencia. No supe nada de las bandas teloneras, sólo presencié los minutos finales de un potente set de los Ratones Paranoicos. Luego supe que hubo cierto mal humor del poco carismático Germán Daffunchio de Las Pelotas, que tuvo que lidiar con la incomprensión de una Kiss Army poco interesada en su música.

Welcome to the show

All right Buenos Aires. You wanted the best, you got the best, the hottest band in the world: ¡Kiss! La ya clásica frase de batalla fue el preludio de un show histórico, con todo lo bueno y lo malo que esto implica.

El set list estuvo compuesto en su mayor parte por temas del antológico disco en vivo Alive de 1975, arrancando con Deuce, siguiendo con Stutter, Got to Choose, Hotter Than Hell, Nothin´ to Lose, C´mon and Love Me, Parasite, She, Watchin´ You, 100.000 Years, Cold Gin, Let Me Go, Rock n´ Roll, Black Diamond, y terminando en forma absolutamente festiva con Rock and Roll all Nite. De este disco sólo hubo dos ausencias: Rock Bottom y Firehouse, este último, verdadero clásico de la banda que siempre fue ejecutado en vivo y donde Gene Simmons hacía su tradicional acto lanzallamas, llevado a cabo esta vez al final de Hotter Than Hell.

Salvo por Rock and Roll all Nite, me atrevería a decir que esta primera parte con pocos hits fue sólo para entendidos. No digo que no haya sido disfrutada por el público masivo, sino que fue como una máquina del tiempo para los fans, los que en su gran mayoría tenemos a este disco como uno de los trabajos más representativos de la banda.

Le siguieron los bises con Shout it out Loud, Lick it Up, I Love it Loud, I Was Made Lovin´ You, Love Gun y Detroit Rock City, ahora sí, con un público totalmente enfervorizado, que cantó y aulló con cada una de las canciones.

Como balance me quedo con una sensación: Kiss está pasando por un buen momento. La banda suena bien, sin fisuras, compacta, y eso se nota en el buen humor de los músicos, algo que faltó en la última visita donde las tensiones grupales eran más que notorias.

A nivel individualidades, quiero empezar por el guitarrista Tommy Thayer, el tipo al que le toca estar nada menos que en los zapatos de Ace Frehley en su rol de Spaceman. Coincido con Mike en que no cuenta con el carisma que tenía Ace, pero creo que sabe suplir esa falencia con una ejecución impecable de todo el repertorio. Thayer toca igual que Frehley, pero sin sus tradicionales pifies en vivo (para el que no lo sabe, es fan absoluto de Kiss y Ace Frehley es su ídolo, por lo que está viviendo el “sueño del pibe” a los 49 años). Además, está sobrio, no da problemas y es un empleado obediente, algo que Gene Simmons jamás pudo lograr con Ace. Y esto que voy a decir es una blasfemia, pero no me importa: luego de ver la lamentable performance de Frehley en su última visita a Buenos Aires, prefiero que su lugar sea ocupado por el bueno de Tommy. Lo siento.

La batería y el papel de Catman corren por cuenta de Eric Singer, pero bajo una realidad totalmente diferente. Singer lleva el maquillaje de Peter Criss y canta en Nothin´ to Lose y Black Diamond, pero las semejanzas se terminan ahí. El baterista, que ya estuvo en Kiss en su etapa del disco Revenge, así como en otras bandas como Black Sabbath o Alice Cooper, tiene un estilo propio que poco y nada tiene que ver con la onda jazzera de Criss. Sin embargo, la banda sale ganando con esta diferencia, y tal como ocurre con Thayer, su desempeño es muy superior a la etapa final de su antecesor, al que todos amamos, pero tenemos que admitir que va derecho al retiro. Lo siento otra vez.

El bajista Gene Simmons me dejó una sensación extraña: no lo noté conectado 100% con el recital. Estaba ahí, pero no estaba entregado, o por lo menos no tanto como el resto o como solía estarlo antaño. De todas maneras, su carisma es demoledor y su presencia avasallante, por lo que cautivó completamente al público que festejó cada una de sus apariciones, incluso en el momento en que quedó a mitad de camino, colgando a metros del suelo, cuando se suponía que debía elevarse hasta una plataforma en lo más alto del escenario para terminar de cantar luego de su acto de vomitar sangre.

Para los que conocemos la historia de la banda, esta situación con Simmons es casi un deja vu. No es la primera vez que se entrega en forma regulada debido a sus actividades extra musicales. En el pasado, por su fallida carrera cinematográfica, y en la actualidad, por sus negocios y realities de dudosa calidad.

La verdadera estrella del show fue Paul Stanley. El vocalista y guitarrista se calzó al hombro la banda, y hoy por hoy es su corazón y motor creativo. Fue suya la decisión de volver a los estudios para grabar luego de una década –a pesar de la negativa de Simmons, enojado con los fans que descargan música de Internet– y también fue quien decidió producir el disco, tal como ocurrió en los 80, cuando Simmons estaba ocupado filmando bodrios clase B en Hollywood.

A pesar de abusar de ciertos clichés, como las lamentables y repetidas frases en español “esta noche es la noche” y “no hablo el español muy bien pero comprendo sus sentimientos y sus corazones, y mi corazón es suyo”, lo de este tipo fue notable, demostrando nuevamente por qué es uno de los front man más grandes de la historia del rock. ¿Qué hoy por hoy se parece más al Marcel Marceau de la vejez que al Paul Stanley de la juventud? Es cierto, pero no parece haberse dado cuenta o no parece importarle, y la verdad que a mi tampoco.

En definitiva, Kiss dio un show de los que se ven poco y nada en esta parte del mundo. El sonido fue casi perfecto –hubiera deseado más volumen– y la puesta en escena despampanante, como debe ser en cualquier recital de la banda. Si me pongo quisquilloso, sólo puedo achacarles algo: tanta prolijidad y pasteurización. En los videos de los años 70 se los veía tan salvajes… Me encantaba que Stanley se quedara sin aire de tanto saltar y tuviera que saltear una estrofa; que Peter Criss terminara revoleando su batería al final de Black Diamond, como ocurrió en el programa Midnight Special de 1975; o que Simmons convirtiera su solo de bajo y vómito de sangre en una salvajada visual nunca vista.

Extraño ese salvajismo de antaño, esa aura peligrosa y prohibida que sabían potenciar como nadie. Pero habrá que resignarse: supongo que todos estamos envejeciendo, ¿no?

Esta noche es la noche


Ya no son peligrosos
Ya no son polémicos
Ya no son misteriosos
Ya no son (tan) salvajes
Ya no son odiados por tus padres y todas las figuras de autoridad…

Pero siguen siendo Kiss. Y esta noche lo van a volver a demostrar. Tengo mucha expectativa con este show y mi ansiedad crece minuto a minuto.

En instantes me junto con mis amigos y vamos para River. Ya no llegamos para Massacre ni para Molotov –aunque a quién le importa– aunque estamos a tiempo para ver a Las Pelotas y los Ratones Paranoicos. Quizás, guardemos las energías y nos quedemos en casa del Heavy para ver Boca - Godoy Cruz y salgamos con lo justo. Ya veremos.

Mañana mi reseña.

Obscenidad en las alturas


Anoche me junté con algunos compañeros de la primaria a cenar en la parrilla El 22 de Palermo. Como ya dije en oportunidad del anterior encuentro, tenía algunos reparos sobre la reunión, pero terminé pasándola realmente bien.

Uno de los puntos altos de la noche fue la aparición a último momento de Fabián I, hoy en día "exitoso empresario" y uno de los dueños de una famosa marca de ropa femenina, que se hizo llegar hasta la parrilla movido más por la curiosidad que por los recuerdos, ya que no se acordaba de ninguno de nosotros. Fue muy bizarro eso.

Otro momento importante fue cuando Mariano G nos invitó a visitarlo en su trabajo esa misma noche. ¿Y a qué se dedica el amigo? Bueno, es encargado de obra en el turno noche –creo que el puesto se denomina así, sepan disculpar si no soy del todo preciso en este punto– en la construcción del Château Libertador Residence.

Esta torre de 40 pisos enmarcada en el estilo Neo Academicismo francés –suplico a los arquitectos Julián o Demóstenes que por favor amplíen la información en este punto porque mi ignorancia es absoluta– se encuentra ubicada en Avenida Del Libertador y Campos Salles, a pocos metros del estadio Obras.

Aunque no está concluida aún, la recorrimos completa. Tiene piscina cubierta climatizada, piscina al aire libre con solarium, gym, spa, sauna húmedo y seco, cabina de masajes, vestuarios, salón de fiestas, lobby bar, salón de juegos para niños y adolescentes, jaula de golf y hasta peluquería. Y la vista desde el piso 40 es algo nunca visto, por lo menos para mí. Creo que si le pones un poco de onda, se llega a ver hasta África...

Mención aparte para los detalles de lujo, por ejemplo en el hall de entrada hay cuatro arañas traídas de la República Checa que cuestan 150 mil dólares cada una. En fin, todo bastante desmedido y obsceno, demasiado para mi gusto, pero no para Susana Giménez, Adrián Suar, varios futbolistas ricos de clubes pobres y todos los personajes que se mudarán al complejo a partir de junio.

La verdad que, aunque tuviera el dinero para pagar 2.400 dólares el metro2, como entiendo que se cotiza este edificio, no viviría ni en pedo en un lugar así…

¿Tuviste contacto reciente con algo tan lujoso como el Château? ¿Cuáles fueron tus sensaciones? ¿Vivirías en un lugar así?